Confesiones y reflexiones

NO es NO

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Cuando tenía 8 años, a la hora del patio, venía un señor por la calle y asomaba su perrito por los barrotes. Muchos niños nos acercábamos a verlo y a tocarlo. Él se ponía, estratégicamente, detrás de una fuente que había para que nos quedáramos fuera del campo de visión de los profesores. Y nos pedía que le enseñáramos las bragas. Nunca lo hicimos, pero nunca fuimos conscientes de la gravedad del asunto.

Con 12 años, yendo en el bus con mi madre, un hombre me plantó sus testículos en la pierna y se quedó ahí, cogido de la barra y disimulando. Cuando pude reaccionar le dí un rodillazo y me aparté. Pero no dije nada.

Desde que me empezó a crecer el pecho, con 14 o 15 años, siempre fuí encogida, con los brazos cruzados, con la carpeta agarrada y pasándolo muy mal cuando me cruzaba con hombres por la calle. Vaya misiles, te huelo desde aquí, guapa vente a mi casa y miles de guarradas que no me apetece escribir.

Con 17, tomando algo una tarde en un bar con una amiga, el camarero que nos sacaba 20 años, me dió un asqueroso beso en la boca haciéndose el gracioso. Le grité, pero me reí, aunque por dentro estuviera horrorizada.

Con 19 tenía un novio que, entre otras cosas, utilizaba nuestras supuestas reconciliaciones, muy frecuentes, porque estábamos todos los días discutiendo (discutiendo porque quedaba con mis amigos, porque hablaba con algún chico, porque intentaba tener más vida a parte de él…) para tener sexo. Sexo que no me apetecía, muchas veces mientras aún lloraba por la pelea que acabábamos de tener. Sexo obligado.

Seguiría. Seguiría hablando de jefes que se pasan de graciosos, que se pasan de paternalistas y machistas. Seguiría hablando de taxistas que te intimidan. Del miedo de volver sola. De toda esta mierda…

Estoy segura que todas tenemos mil historias como estas que contar. Historias que, tal vez, tenemos normalizadas y ni recordamos.

Confío en que estos “Si nos tocan a una, nos tocan a todas” de estos días, no cesen. Que consigamos que nuestras hijas no se callen porque sabremos empoderarlas y porque estos abusos no sigan impunes. Que griten, que si oyen gritar se unan. Que nos unamos.
Y sobretodo, que eduquemos a nuestros hijos en el respeto, en la igualdad, en el amor. Que les quede muy claro que eso no hace gracia, aunque otros se rían, aunque les inciten a hacerlo. Y que no, es no. Y que si no te dicen sí, también es no.

 


· Las ilustraciones son propiedad de Cristina Torrón. Por favor, no las reproduzcas sin mi consentimiento ·

 

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